La Ordalía de la Sirena
por yemeth




Circe, aquella a quien Homero llamó “la terrible diosa dotada de voz”, tras enamorarse de Ulises y encontrar que este es inmune a sus hechicerías, le advierte sobre su camino:

“Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil -que sujeten a éste las amarras-, para que escuches complacido, la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas.”

Tal como Ulises será tentado en su devenir por las Sirenas a riesgo de ser destruído si acercara su embarcación a las rocas, aquel que ha atravesado la Peligrosa Capilla se verá tentado por una Sirena, considerada también un Vampiro por el modo en que absorberá la voluntad del Iniciado que debiera dirigirse hacia el Ángel cuya Visión obtuvo tras hallar el secreto de la Capilla.

Esta es una ordalía sobre la que habitualmente se guarda silencio. A pesar de todo Aleister Crowley escribirá sobre ello en varias ocasiones, si bien desperdigadas en sus obras. Nótese el modo en que se mezcla cierta misoginia; no se trata de algo exclusivo del iniciado hombre, tal como el sexo de su sirena dependería de su orientación sexual. Así, en el Liber XXIV (De Nuptiis Secretis Deorum cum Omnibus), Crowley describirá varias formas de amor entre la tierra y los cielos, para concluir que:

“Incluso se dice que para cada Neófito de la Orden de la A.·.A.·. aparece un demonio en forma de mujer para pervertirlo; dentro de nuestro propio conocimiento no menos de nueve hermanos han sido así completamente desterrados, [y ello en el espacio de dos años]”.

También en sus Confesiones, nos advertirá Crowley

“Creí entonces y creo ahora, que al probacionista de la A.·.A.·. casi siempre se le ofrece la oportunidad de traicionar a la Orden, tal como el neófito es casi siempre tentado por una mujer”.

Así lo indicará, señalando hacia El Libro de la Ley, I,34 y las ordalías a las que el Iniciado se verá sometido en su camino de ascenso. Ésta será la primera de tales ordalías -que no iniciaciones-. Hará además toda una advertencia sobre su funcionamiento, y es que “aquel que haya perdido la vista, no solo se tropezará una vez con algo; seguirá tropezándose, una y otra vez, hasta que recupere la vista”.

¿Por qué aparece la Sirena para tentar al iniciado y desviarle de su camino? ¿Es que acaso hay una voluntad del Universo que le esté poniendo a prueba?

Quizá la respuesta sea más sencilla. La aparición de la Sirena es consecuencia directa de lo que sucedió en la Peligrosa Capilla, en particular de la energía capaz de crear realidades que fue liberada por el Iniciado y que este no recondujo -tampoco tenía la capacidad- hacia el lugar apropiado.


La Libido y la Sirena

Bajo un marco conceptual deleuziano/lacaniano, la líbido desatada una vez el Nombre del Padre ha sido expulsado y la Peligrosa Capilla ha sido satisfactoriamente atravesada, va a continuar manifestando realidades a nuestro alrededor. El sujeto ha “atravesado el fantasma”; esto es, ya no ignora la presencia del Otro -de Nuit- con la inocencia del neurótico -del no Iniciado-. Ahora sabe de su existencia.

Pero el Iniciado aún busca, quizá por mero instinto, protegerse de la destrucción a la que tal Otro le condena.

Así que a pesar de que el Otro vaya absorbiendo su realidad, o quizá a consecuencia de ello, lo que hará será manifestar algo que se parezca en la mayor medida posible a ese Otro pero sin serlo. Y esto habitualmente será una persona que pueda confundir con la encarnación del Otro en la tierra, que pueda servirle de “fantasma”, para que se interponga y evite el encuentro con la disolución que la presencia del verdadero Otro amenaza.

Para seguir adelante, el Iniciado necesariamente habrá de retirarse de aquello que consume tal energía, que es aquello que llamamos Sirena o Vampiro.

Dejarte caer para siempre en los brazos de alguien que pareciera haber sido hecho solo para ti, o renunciar a todo y seguir caminando en soledad, el único faro iluminando la oscuridad la posibilidad incierta del beso del Espíritu.



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La Libido recién desatada se canalizará de modo que sea manifestada una persona que, sin ser Nuit, resulta una falsificación convincente. Así, a menudo el Iniciado puede pensar que ha encontrado el amor de su vida, o prácticamente a un representante de lo divino en la tierra.

El trabajo hacia el Ángel implica acabar con las neurosis, identidades y desperdicios “astrales” para que nada se interponga entre el Iniciado y Nuit. Y la Líbido es una energía capaz de crear realidades particularmente problemáticas cuando no se encuentra dirigida hacia Nuit (“¡Saciaos también de tanto amor como queráis, cuando, donde y con quien queráis! Pero siempre en mí.” - Liber AL, I, 51).

También en Liber AL I,52, dice Nuit, “si el ritual no va dirigido a mí… ¡Podéis esperar entonces los severos juicios de Ra Hoor Khuit!”. Esto es, el juicio condenatorio que va a suponer la experiencia vital para aquel que pretenda amar a Nuit en una contraparte humana.

Este punto es desarrollado por Crowley en el Liber Aleph, donde apunta a la metáfora que supone la historia de Parsifal y Kundry (y habría que añadir, la importancia del simbolismo de la herida de Amfortas):

“Respecto al Amor de las mujeres, oh Hijo mío, está escrito en ‘El Libro de la Ley’ que todo es Libertad, si se hace en nuestra Señora Nuit. Pero también está esta Consideración, que por cada Parsifal hay un Kundry. Puedes tomar un millar de Frutas del Jardín; pero hay un Árbol cuyo nombre es Veneno. Para toda gran Iniciación hay una Ordalía, en la que aparece una Sirena o un Vampiro designado para destruir al Candidato. Yo mismo he sido testigo de la Destrucción de no menos de diez de mis propias Flores”.

Es interesante cómo este texto por un lado hace una relación explícita con el pasaje antes incluído del Liber XXIV respecto a los iniciados perdidos por este suceso, pero particularmente el modo en que aquí Crowley afirma que “para toda gran Iniciación hay una Ordalía”. Esta ordalía habría de entenderse como una “bajada a tierra” o una redirección hacia su objetivo correcto de las energías liberadas por la Iniciación, que son la verdadera confirmación del logro de aquel que ha superado la Iniciación.

“Para sobrevivir al vampiro en el nephesh (Yesod), debemos entrenarnos para redirigir nuestros deseos sexuales hacia nuestros propios símbolos de los dioses primarios. Liber Al, meditación, qabbalah y magia ritual son salvavidas para el iniciado que se ahoga en la desesperanza. Cualquiera que sea la lógica que utilicemos funcionará, siempre que las prácticas se lleven a cabo, la mente y el cuerpo sean disciplinados para la supervivencia, y se rompan los apegos al vampiro” -- Nemo Pandragon

Si seguimos literalmente a Crowley, estaremos entonces ante un Vampiro, un Demonio al que debemos de expulsar de nuestras vidas.

Pero erraríamos si adjudicáramos una maldad intrínseca a la persona que juega el papel de Vampiro. Se trata más bien de la inevitable incompetencia del recién iniciado, que produce su manifestación. Al fin y al cabo, ¿podríamos ver al Vampiro como a un demonio, cuando precisamente es una persona capaz de asemejarse a Nuit a ojos del Iniciado?

En el Liber Aleph antes mencionado, también se da una pista acerca de cómo afrontar esta cuestión más allá de salir huyendo para la necesaria renuncia a la influencia de su sexo: “¿No debería tomar a este Vampiro, si ella así lo fuera, y dominarlo y volverlo hacia el Gran Propósito?”

El encuentro con este dilema arquetípico, será también plasmado como una de las fases del monomito, el viaje del héroe de Joseph Campbell, en una visión -de nuevo androcéntrica- con el título de “la mujer como tentadora”.

Con la tentación que supone tener una aparente victoria material y carnal al alcance de la mano, este evento, que no es en realidad otra cosa que la manifestación de aquello que el inconsciente previo a la Iniciación desea en la tierra, funciona en la práctica como una prueba que tienta al Iniciado a abandonar el camino tras los duros pasos que ya ha dado en dirección hacia el Espíritu.

“¡Oh, que esta sólida, demasiado sólida carne,
pudiera derretirse, deshacerse y disolverse en rocío!”

Hamlet