Poesía : Experimento Poético Nocturno

Autor : Estuspestus






 

 


Soy un encapuchado,
vago por mi memoria,
me emborracho con mi futuro.

El negro manto de mi alma me cubre,
y el brillante anhelo de mi corazón me alumbra.

Mis huesos son tallados a cada paso
rojas runas cubren mis costillas
y azules líneas adornan mis mejillas.

Mi capa ondea a cada uno de tus suspiros,
a cada uno de tus ahogados gemidos,
de dolor y éxtasis,
por verme sufrir y retorcerme,
reír y salir volando.

De algún lugar partí, mas no hallo meta…
En mi largo devenir, ni siquiera me convierto en profeta:
de tus besos y de tus alas negras.
Errante el paso de mí caminar,
tras de mí una estela cubre los verdes campos:
dulces de encanto los deja.

En la noche desentona mi brillo,
en la mañana desencajo con mi abismo
y en la tarde me descoloca mi inocente sonrisa.

Mis ojos no aguantarán mucho más esta pena.
Perdido me hallo, mas nunca será resuelto,
que el caminar del perdido alguna vez sea finalizado.

Pero no me encuentro perdido por esa pena,
ni si quiera por celo o engaño.
Una larga búsqueda se gesto antaño,
y el caballero fue olvidado.
Sus ropajes raídos y descoloridos,
con su triste blasón descosido.

Su armadura y espada oxidada
le supondrán algo más que un peso y una carga,
serán la vergüenza cada una de sus mañanas.

El Sol lo ha de bañar,
el resto de estrellas le coserán,
y la Luna le mecerá.

El caballero ha de explorar la gruta,
el peregrino ha de tomar su ruta,
el amante a su doncella cuidar
y el cazador su rastro camuflar.

Déjame vagar mi propio camino,
déjame visitar mi propia locura,
Una compuesta de la más refinada de las rasgadas vestiduras
que un día te engalanaron,
con la que te presentaste ante el chaman de antaño.

Fríos lazos me aprietan las venas,
para impedir que su veneno corra descontrolado
y me seque de sueños y frescura.

Negras cadenas arrastro,
dejando surcos melancólicos con olor de mil borrachos.

Un oxidado cepo recoge mi corazón,
encarcelándole en un invierno sin color.

Alambre de espino en mi torrente sanguíneo, ese fue su regalo.
El tuyo: verdes hojas del gran árbol,
oscuras raíces donde entrelazar mis sueños
y dorados frutos que me das.



Un pasillo lleno de pelusas, eso es lo que veo a mi alrededor.

Un polvoriento corredor, con libros amontonados
llenos de desordenadas palabras como hormigas borrachas.

Se alternan un frío invierno con una bella y cálida puesta de Sol.

La muerte y el ocaso, y si acaso ella dio a luz,
en ocasiones a algún retoño,
con mis ojos pero no con las piedras que arrastro.

Ruinas hago crecer haya donde si quiera se ha poblado.
El frío juego de ajedrez ha acabado.

Mi mente languidece como un rubí dorado,
que pasa de mano en mano.

Mi corazón es transportado, y mi cuerpo es encerrado.
“¡Condena a muerte!”, grita el jurado.

Dormir no quiero, solo y derrotado, prefiero caminar al menos habiendo amado.

En el recuerdo no me quedaré atrapado, pero por siempre adoraré al pasado.
El recuerdo como un tesoro guardaré, pero sé que no podré vivir en él.
El tesoro amontonado no hace al hombre, solamente lo hacen sus pies cansados.

Recuerda hermano, que la gracia de la vista te puede ser retirada.
Ni la Madre ni la Dama yacerán a tu lado…
solamente la Abuela te arrastrará de la mano.

Un tintinear de huesos como preludio a la consumación del terrible acto.
En vez de caricias y besos que tu mejor amante te haya dado.
Tu miembro en su puño, te será arrancado,
tu corazón estrujado, y tus ansias y sueños, sofocados.

Fuego tras mis ojos, me quitan fuerza de las manos
este texto concluyo, antes de caer agotado.

 

--EstusPestus--
Madrugada del 1 de Junio de 2013