Y el Libro de la Ley será de plata
por yemeth




La Visión del Sagrado Ángel Guardián

La insistencia en el Conocimiento y Conversación del Sagrado Ángel Guardián como etapa central a toda carrera mágica junto a las especulaciones en torno al evento de Cruzar el Abismo, han provocado un sinfín de confusiones. No facilita las cosas que todo mago que se precie esté deseando haber escalado ya cuanto le separa de los máximos grados en la magia, así como el mundo rebosa de autoproclamados gurús que necesitan para reafirmarse de crédulos chelas que les bailen el agua.

Pero el sistema de grados se pervierte cuando el mapa adquiere más importancia que el territorio. Pues un sistema de grados es a grandes rasgos un mapa, ¿y de qué sirve un mapa si no sabemos dónde estamos? Si las distancias son inapropiadas, si se nos otorgan grados que nos dicen “tú estás aquí” pero no lo estamos, ¿de qué sirven si no es para estar todavía más perdidos, para perder el tiempo con vanos diplomas?

Utilizando el Árbol de la Vida como mapa iniciático, en “La Cábala Mística” Dion Fortune adscribe a la sephirah de Malkuth la experiencia espiritual de la “Visión del Sagrado Ángel Guardián”, un nombre apropiado para describir esta puerta de entrada a la Alta Magia y primer encuentro con nuestro Ángel, evento este profundamente mágico que a menudo es confundido con otros que gozan de mayor popularidad. Así, es habitual que algunos lo tomen como el Abismo (dado que la Sombra jungiana o Guardián Menor del Umbral bien podría parecérsenos a las descripciones de Choronzon), o como el Conocimiento y Conversación (ya que nos encontramos con el Ángel). Que los iniciados que yerran al situar esta experiencia en un contexto iniciático escriban al respecto solo extiende la confusión, y a la hora de consultar textos sobre magia deberíamos tener en cuenta que es un error bastante común.

El propio Aleister Crowley apenas habla de esta primera iniciación. Pero lo hace, si sabemos dónde buscar. En el Libro de la Ley, se dice “Que atraviese la primera ordalía, y [el propio Libro de la Ley] será para él como plata” [Al III, 64]. Este pasaje junto a los tres siguientes (“65. A través de la segunda, oro. 66. A través de la tercera, piedras de agua preciosa. 67. A través de la cuarta, chispas definitivas del fuego íntimo”), describen las cuatro grandes iniciaciones “que ha de superar antes de hacerse perfecto”, así como al propio Libro de la Ley como un texto que refleja el grado de iniciación del lector, y por ello fundamentalmente inútil para el no iniciado. Estas cuatro iniciaciones, son también las cuatro puertas del palacio descritas en AL I, 51.

Pero centrémonos en la primera puerta, aquella que transmutará en plata el Libro de la Ley, y donde “lo repugnante habrá de atravesar el fuego” (AL I, 50). Y es que en el Nuevo Comentario a ese pasaje el propio Crowley nos va a desvelar el significado que se oculta tras estas crípticas palabras:

“Este Libro es para él ahora ‘como plata’. Lo ve puro, blanco y brillante, el espejo de su propio ser que esta ordalía ha purgado de sus complejos. Para alcanzar esta esfera, ha tenido que atravesar un sendero de oscuridad en el que los Cuatro Elementos le parecen como el Universo entero. Pues, ¿cómo podría él saber que no son sino el último de los 22 segmentos de la Serpiente enroscada en el Árbol?”

Aquel que no se encuentra iniciado en la Alta Magia, incluso si ha utilizado técnicas mágicas de diversa índole desde la adivinación a la realización de hechizos que generen cambios en el mundo, en el fondo de su ser concibe su mundo como compuesto por los viejos Cuatro Elementos. O dicho de otra manera, asume que la materia es esencialmente una cosa mundana, independientemente de que en su mente albergue creencias o espiritualidades que le indiquen otra cosa. Hablamos aquí de una experiencia práctica personal acerca de la realidad y de la magia. Quien no está iniciado vive esencialmente en el mundo de Assiah, y no existe orden ni ser humano capaces de conceder tal iniciación.

El sendero de oscuridad del que habla Crowley, es aquel que para espanto del mago le muestra que su percepción del mundo es equivocada, que el mundo no está atado, que una corriente de aire en la dirección equivocada puede hacerlo caer. Que la materia está “viva”, que existe un mundo dentro del mundo del que no era verdaderamente consciente hasta que ha cruzado este Umbral. Este es el plano de Yetzirah, lo que se ha vulgarizado como el “astral”. Pero no como un recurso de la imaginación, sino como un mundo que subyace al nuestro, y que es capaz de animar la materia de una manera ciertamente mágica haciendo coincidir los eventos, ordenándolos, de tal modo que comienza a percibirse un hilo de significación con el aspecto de una descomunal inteligencia que conoce los secretos más íntimos del mago. En Yetzirah somos capaces de percibir los reflejos plateados que en último término nos guiarán para hallar, un gran paso más allá, el Sol de Tiphareth.

Y tal como en Tiphareth se produce el Conocimiento y Conversación del Sagrado Ángel Guardián, tras la iniciación a Yetzirah habremos gozado de su Visión, de un encuentro que nos dejará prendados para el resto de nuestras vidas, y en el que a medida que nos acerquemos hacia el Conocimiento y Conversación empezaremos a acceder al mundo de Briah.



 

Una ordalía de terror y oscuridad

La apertura del mago al mundo de Yetzirah no es un camino de rosas. Más bien al contrario, se trata de una experiencia terrorífica en la que acecha la locura, y que fácilmente puede alejar por siempre al aspirante del Arte, o acercarlo al psiquiátrico. Pues unido al mecanismo por el que la mente pierde pie y entra en pánico al ver que la realidad no es aquello que esperaba, sucede que aquello que el astral va a reflejar son los contenidos inconscientes de la propia mente.

Aquello que tenemos enterrado va a tratar de devorarnos desde el exterior, mientras el mundo parece cobrar vida y la realidad nos habla directamente, en un tipo de experiencia de tal surrealismo que podríamos pensar que hemos enloquecido, que estamos muertos y la realidad se ha derretido a nuestro alrededor, y muchas otras ideas que de tornarse sólidas en nuestra mente nos pueden llevar a un callejón sin salida del que nunca regresaremos.

Quizá el ejemplo público más espectacular en tiempos recientes, sea el del conocido autor de ciencia ficción Philip K.Dick, quien probablemente nunca fue capaz de alcanzar sano y salvo la otra orilla, pero que afortunadamente nos dejó un fantástico testimonio escrito al respecto en su Exégesis, así como en su novela pseudo-autobiográfica VALIS.

Sirva así de advertencia para el diletante: Que aquel que no esté dispuesto a perderlo todo por un beso de Nuit, no tome siquiera este primer paso en el camino.

En palabras del propio Crowley, en la misma sección del Comentario Nuevo al Libro de la Ley [Al III, 64]:

“Asaltado por repugnantes fantasmas de materia, irreales e ininteligibles, su ordalía es de terror y oscuridad. Pasará tan solo por el favor de su propio Dios silencioso, extendido y exaltado dentro de él por virtud de su acto consciente al afrontar esta ordalía”.

Para que el Libro de la Ley sea como plata, este sendero ha de ser recorrido. Un camino con un número y lugar muy concretos, el 32, que conecta Malkuth con Yesod y que corresponde pues en el sentido más profundo al paso del grado de Neófito (1°=10) al de Zelator (2°=9), siendo genuinamente este último aquel que no solo ha superado tal ordalía de terror volatilizando lo fijado, sino que además ha “bajado a tierra” las energías que la Iniciación puso en movimiento, “inflamándose dentro de él cierto Celo, aún sin saber él por qué”, tal como se indica en la Tarea del Zelator.

El sendero 32 se corresponde con Saturno, que otorga a lo ilusorio apariencia de solidez. Un planeta que también se encuentra asignado a la sephirah Binah, lo cual unido a la archifamosa décima cláusula de Crowley al plantear el Juramento del Abismo (“interpretaré todo fenómeno como un asunto particular de Dios con mi alma”) y a las aparentes similitudes entre el Guardián Menor del Umbral y Choronzon, provoca una cierta confusión que hace pensar a muchos de quienes han atravesado el Sendero 32 y con ello el Velo de Qeseth que en realidad han superado el Abismo, autoproclamándose erróneamente Maestros del Templo e imaginándose en las alturas de Atziluth, cuando apenas han abierto las puertas lunares del mundo de Yetzirah.

La conclusión de este ciclo iniciático, la liberación y la posterior restricción de las energías liberadas por la experiencia del Duat en la que el aspirante se ha enfrentado a sus demonios, conforman el paso definitivo e irreversible que le introduce en el sendero de la Alta Magia. ¡Y que se cuide de dar este paso a la ligera! Pues como también afirma Crowley en la Tarea del Zelator (Liber Collegii Sancti, CLXXXV),

“Podrá en cualquier momento retirar su asociación con la [Orden], simplemente notificándolo al Practicus que le introdujo. Pero que recuerde que habiendo penetrado con tal profundidad en el Camino, no podrá escapar de él, sino que terminará bien en la Ciudad de las Pirámides, bien en las solitarias torres del Abismo”.

Enfrentarse a la Iniciación no es pues un asunto que pueda tomarse a la ligera, puesto que incluso si el Iniciado no quisiera continuar, el sendero lo hará sin él, arrojándole a lo que le espera sin estar cualificado, un presente que llegará y para el que entonces más le hubiera valido haberse preparado.