Beguinas, místicas libres.
por Schatten





La mística siempre fue una buena opción para aquellos espíritus que querían ensanchar su mundo. Muchas mujeres escogieron el camino místico para evitar caer en el modelo de vida restrictivo que les imponía la sociedad. La espiritualidad, la mística y el amor eran puertas hacia la libertad personal. Libertad que a lo largo de la historia tanto se le ha negado a la mujer.

La época feudal propició la libertad femenina por estar basada en la relación. Pero seguía sin ser una libertad individual como la que se adjudicaba a los hombres. Las beguinas adoptaron un modo de vida que les ofrecía esa libertad sin tener que someterse a jerarquía alguna.  La libertad femenina se había establecido  como relación sin fin por lo que no tenía otro objetivo más allá de la relación.

En la Europa feudal muchas mujeres empezaron a explorar el sentido de su ser mujer en el mundo y pusieron en práctica nuevas formas femeninas de libertad. A veces fueron perseguidas por jerarcas laicos y eclesiásticos, quemadas o desautorizadas, denunciadas por prácticas lésbicas y brujería. Pero siguieron defendiendo su postura y escribiendo textos para sus seguidoras.

Los siglos más propicios fueron el XII y el XIII, hasta la llegada de la revolución aristotélica. En los siglos X y XI ya existían movimientos de mujeres que formularon la “pregunta de las mujeres”. En Cataluña encontramos por ejemplo a las deodicatae y las devotae. Eran mujeres seglares dedicadas a formas libres de espiritualidad y piedad que vivían solas o en compañía, normalmente en lugares agrestes o en eremitorios.

Tanto las beguinas como las beatas, las trovadoras y las cátaras, compartían la fe en el amor y eran fieles a él, no a la jerarquía feudal. El amor siempre ha sido una experiencia propia de la historia de las mujeres. Dante, que vivió en cercanía con las trovadoras, las cátaras y que fue además coetáneo de la mística beguina Margarita Porete, dijo en su Vita Nuova: “Mujeres que tenéis la inteligencia del amor…”

El amor de Dios es amor en infinitivo, infinitamente. Las beguinas supieron combinar el amor y la razón, siendo esta última iluminada por el Amor. Creyeron en el amor como principio que ordena las relaciones humanas y como mediador hacia la trascendencia. El amor como algo propio de la divinidad que puede encarnarse en las personas. No dejaron a Dios en manos de la teología sino que lo incorporaron a la vida cotidiana. Esto es lo que desquiciaba a la jerarquía eclesiástica y lo que desató su intolerancia.

En la Europa del siglo XII se expandió la doctrina de los dos infinitos, que consistía en la presencia de los dos principios creadores: Dios y la Materia Prima, lo masculino y lo femenino. Cada sexo tenía su anhelo infinito por el Otro.

Las beguinas se resistían al destino social de casada o de monja sometida a la Iglesia. Rompieron el patrón de mujer pública/privada. Fueron místicas sin la imposición del voto de castidad. Querían ser espirituales pero no religiosas. No querían ser ni demonizadas ni canonizadas.

Pero en el siglo XVIII fueron condenadas por la Revolución Francesa y se prohibió su actividad. Perdiéndose así muchos de los hospitales para pobres que construyeron.

Las trovadoras fueron poetisas del amor cortés. Las encontramos en Provenza y Cataluña entre los siglos XII y XIII.  En las cortes formaron parte del núcleo político y literario. A través del amor y del diálogo en torno a él, regularon de un modo bastante original y peculiar las relaciones de los sexos. Llegaron a ser valoradas como grandes consejeras.

Declinaban el amor en singular, como lo divino entendido como el daimon, como lo nuevo que trae al mundo cada criatura que nace.

Se diferenciaron de la creación masculina del amor cortés por la imagen que ofrecen de la mujer. En la Canción de Roldán o el Cantar de Mío Cid, los caballeros son los fuertes y las damas las débiles.

Ellas devolvieron la voz y la mirada de lo femenino desde lo femenino, desde la libertad y el amor.