
En febrero de 2026, diversos medios de comunicación en castellano descubrieron la existencia de los “therian”, una subcultura infantil y juvenil centrada en la identificación con un animal. Con ello, elevaron lo que en cualquier otro contexto podríamos haber tomado como un juego infantil en un asunto político de primer orden que relacionar con las agendas de las políticas de la identidad y las cuestiones de género. Diversos medios, principalmente de ultraderecha, trataron de buscar la reacción furibunda del público al presentarlo como el último ejemplo de una supuesta “degeneración cultural”. Grupos de jóvenes y no tan jóvenes con ánimo de bullying se reunieron en diversas ciudades de España y de varios países de América Latina para ir a “ver therians”.
En otros países fuera de la esfera de habla hispana el tratamiento ha sido similar, o peor, llegando a la histeria colectiva ante supuestos niños-therian mordiendo a la gente. Y que este tema tan inocente haya creado un escándalo en sociedades muy diferentes, nos puede dar una idea de hasta qué punto todo lo que se sale de lo normal asusta a la opinión pública normalizada, a quien no examina su vida y trata con todas sus fuerzas de no salirse del guión, tal que pueden perturbarle unos niños jugando a ser animales.
Antes un niño decía “soy un lobo” en el patio del colegio. Ahora si acaso va a encontrar un hashtag, estética, comunidad y validación global. Lo cual no implica ningún tipo de patología ni de agenda política, y ni siquiera una gran diferencia con otros tiempos.
Un aspecto que enoja particularmente a los ciudadanos de bien, es el cruce de esta línea imaginaria entre “jugar a ser” un animal e “identificarse” con él. Pero lo que subyace al pánico mediático no es la preocupación por la infancia, sino el pánico a una subjetividad que dejara de ser moldeada por los aparatos de producción de identidad: la familia, la escuela, el Estado.
En ocasiones en la comunidad therian, los jóvenes hablan de “shifts” (deslizamientos), experiencias de devenir hacia la identidad animal mientras se visten como ellos o practican los “quadrobics”, actividad física y ejercicios reproduciendo los movimientos de animales cuadrúpedos. Así, se identifican deslizamientos de tipo mental o sensorial, la sensación de miembros fantasma (cola, alas), o los sueños en los que el joven “therian” se convierte en su animal.

Podemos hallar paralelismos fenomenológicos entre estos deslizamientos hacia conciencias no-humanas incluida la de diversos animales y algunas prácticas de magia o chamanismo, pues existen diferentes técnicas y marcos conceptuales para desarrollar la relación del practicante con estados de conciencia animal.
Un fuerte deslizamiento psicológico hacia una conciencia animal es habitual con el uso de sustancias visionarias (psilocybe, ayahuasca, etc), y también es un elemento común en perspectivas como el chamanismo reconstruido de Michael Harner (core shamanism), que sistematiza entre otras técnicas las del animal de poder como fuerza energética accesible mediante trance, donde el “animal aliado” puede operar como complejo/arquetipo en lectura psicológica. Este animal de poder sería un espíritu aliado que acompaña, protege y enseña al practicante, y que se descubre en lugar de elegirse, aportando cualidades (visión, fuerza, sigilo, curación…) que el practicante puede “invocar”. Tomado literalmente sería un espíritu, y psicológicamente, un arquetipo activo.
El gran precursor de la Magia del Caos, Austin Osman Spare, tenía como espíritu familiar un Águila Negra que pudo ver y dibujar en varias ocasiones. Para este autor, el subconsciente humano es un repositorio de memorias y facultades de nuestros antepasados, incluyendo formas de vida pre-humanas o animales. Además, uno puede sintonizar estos estratos profundos del subconsciente. Al hacer esto, se puede canalizar la energía o las capacidades de estas capas antiguas del cerebro para lograr una meta específica en el presente. Todo esto suele ser encuadrado dentro de la idea de resurgencia atavística (atavistic resurgence), donde este atavismo involucra, además de memoria ancestral, una energía instintiva liberada. El therian moderno, al hacer quadrobics, estaría realizando una forma de “postura” que Spare reconocería como un disparador del subconsciente.
Kenneth Grant centró buena parte de su trabajo en la exploración de estados de consciencia más allá de lo humano. Para Grant, el uso de máscaras rituales desde los tiempos de los egipcios pretendía ya una identificación con los estratos más profundos del inconsciente para despertar estos atavismos. Las deidades con cabeza de animal, serían guías y guardianes de ciertas partes del inframundo y con ello del inconsciente. Estos lugares se encontraban protegidos porque albergaban poderes específicos relacionados con estos animales.
Así, los primeros estados de conciencia más allá de lo humano que podemos hallar, serían precisamente los animales y los componentes atávicos de nuestro ser, que Grant señala también como propios del culto de la Serpiente Negra y su “Mystere Lycanthropique”, por el que “los poderes pre-humanos o atavismos se manifiestan en el mago que experimenta y actualiza, en el mundo astral, los poderes y energías poseídos por los animales en cuestión”, considerando que esta serie de atavismos fueron suprimidos por el ser humano en su transición desde el reino animal a su estado actual. El culto desarrollaría en todo este trabajo las ideas y técnicas de Austin Osman Spare.
También podemos encontrar entre los Túneles de Set de Kenneth Grant, uno que puede servirnos para estas exploraciones: Parfaxitas. Acerca de él, Grant indica que su fórmula supone “asumir las formas astrales para la reificación de energías atavísticas”, y lo relaciona con la resurgencia atavística de Austin Osman Spare. Linda Falorio propone la Postura de la Muerte de Spare como mecanismo de entrada, indicando que “aquí se expande la realidad consciente para asimilar modos primitivos previos a la ruptura bicameral, con la admisión en la psique de atavismos prehumanos, no humanos y posthumanos”.
Influido por la idea de los egipcios “confrontados o guiados en su viaje por sacerdotes que portaban las máscaras de varios animales, indicando la función de su portador el carácter tradicional” del animal implicado, Aleister Crowley habría adjudicado en ocasiones distintos animales a cada una de sus parejas. Con el propósito de llevar a cabo trabajos que involucraban magia sexual, podemos hallar indicios de que el modo en que la relación se consumaba dependía del animal asignado a esta persona. Uno de los métodos convertiría a su pareja en un espejo mágico en el que proyectaría el atavismo en cuestión para unirse con él, y en su disolución, integrar este atavismo haciéndolo surgir de las profundidades del inconsciente. No obstante, la evidencia de este tipo de trabajo y asignación sistemática de animales a parejas es fragmentaria y contextual, no una doctrina formal.
Según Kenneth Grant, en la O.T.O. de Crowley, cuya rama británica dirigió varios años, el trabajo de magia sexual del VIII grado supone además la adopción de aspectos animales, incluyendo una máscara animal que concuerde con el atavismo que se quiere despertar.

Todo esto no implica que los therians estén conscientemente reproduciendo estas tradiciones, sino que emergen formas análogas allí donde se exploran estados no-humanos del cuerpo y la imaginación. Pero quizá entonces, tras estos brochazos sobre el uso de la conciencia animal en las tradiciones mágicas que exploran otros estados de conciencia, podemos plantear por qué el juego infantil del Therian asusta a la subjetividad dócil cuando parece tomarse demasiado en serio: los therian están practicando una forma espontánea de devenir-animal que nuestra cultura solo tolera bajo la forma de metáfora artística o patología clínica, una línea de fuga que escapa de la máquina social que nos produce como “humanos” estables, adultos, productivos y racionales.
Los medios ultraconservadores, en su paranoia y su uso interesado del fenómeno therian, intuyen correctamente una amenaza, aunque la cifren mal. Más que una especie de degeneración cultural externa, el eje se encontraría en el temor a unos devenires-animales que podrían desafiar la producción en serie de subjetividades humanas estables. Deleuze y Guattari hablan del “agujero negro” de la familia y de cómo el devenir-animal es una salida de esa órbita. Así, cuando un niño dice “soy un lobo” no está solo jugando, está trazando una línea que lo conecta con una manada, una jauría, una multiplicidad que la familia y la escuela no pueden controlar. La histeria no es por el qué dirán, sino por el miedo a lo desterritorializado, a lo que no puede ser sujetado a una identidad fija (hombre/mujer, humano/animal, adulto/niño), incluso como cuando en este caso, se trata de un efecto estructural más que de una intención política.
El “shift”, el deslizamiento en el que el niño se encuentra con que despierta en él un estrato animal de su inconsciente, no es una patología. Es una línea de fuga. El “quadrobics” es la adopción de un andar que desorganiza la postura erguida del Hombre, ese rostro del poder. Lo que aterra no es que el niño diga “soy un lobo”, es que al decirlo deje de ser enteramente un “niño” productivo y dócil para devenir parte de una manada intangible.
No obstante, este planteamiento podría romantizar ingenuamente el fenómeno. El “devenir-animal” del therian, al viralizarse en TikTok, es inmediatamente recapturado por el mercado. La estética, los hashtags, los tutoriales de quadrobics, todo ello es capitalizable. La “línea de fuga” es también un nuevo nicho de consumo.
