Cábala Griega (III): De Netzach a Malkuth
por Zolhom


Yemeth - "El Sendero de la Alta Magia:
Descifrando el Liber Samekh"

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Antigüedad Dioses y poderes Qabbalah



NETZACH: UN MAR DE SÍMBOLOS.

Llegados a esta esfera, ya la propia Fortune nos indica que «comprenderemos mejor la naturaleza de Netzach en el microcosmos si recordamos que es la Esfera de Venus, con todo lo que ello implica». Debió de ser difícil, para Dione, profundizar en los secretos de NETZACH si buena parte de los mismos se veían significativamente mermados por una sociedad que, durante siglos, había sido profundamente misógina y contraría in extremo a todos los placeres del cuerpo y que se había opuesto radicalmente a todo acto sexual que no fuera exclusivamente el de concebir hijos. Y más difícil aun si debía buscar estos secretos en el misticismo hebreo que, a través del cristianismo, era la fuente original de toda esta casposidad occidental.

Comentado esto, continuemos. Cuando el bueno de Cronos le cortó las pelotas a su padre, Urano (KJOKMAH), éstas cayeron al mar y fueron arrastradas por el Céfiro, el Viento del Oeste, hacia una apacible orilla en la isla de Chipre y de la espuma generada por el suave oleaje nació aquella a quien Paris clamaría como la más hermosa de todas las diosas. El nacimiento de Afrodita, al igual que sucedía con Apolo, ya nos indica dónde debemos situar esta esfera dentro del mapa que ofrece el Árbol.

Afroditas hay muchas, tantas que podríamos colocar una en cada esfera del Árbol, y esto se entiende claramente si tenemos en cuenta que representa no sólo el amor sino todas las emociones y los sentimientos humanos. Su título de Diosa del Amor, quizá se deba a que, en la mente helenística, el amor es la fuente original de toda emoción humana, quizá nuestro primer sentimiento tras nacer sea el amor hacia ese ser que nos alimenta y nos cuida sin saber muy bien porqué, y que cuando aprendamos a hablar llamamos «mamá» o madre si somos el personaje de una telenovela venezolana de los 90.

Pero el culto a Afrodita fue mucho más que un homenaje al amor. Sus cultos se esparcieron a través de cientos de santuarios a lo largo de las costas. Profundamente mediterráneo y profusamente divulgado por el del comercio y los viajes marítimos, se convirtió durante varios siglos en el culto de mayor importancia en la vasta región mediterránea y del oriente medio. Se fusionó allá donde fue con otras diosas, en lugares donde los habitantes del lugar ya habían intuido tales misterios y los habían revestido de formas femeninas.

Sin embargo, en el avanzado estadio del paganismo que ofreció la religión olímpica encontramos por encima de la vastedad de figuras venusianas dos que destacan y, tal vez, polarizan todo su significado. Por un lado, Afrodita Urania, la Venus Celestial: una reina entronizada en lo alto del Olimpo. Es el amor puro e idealizado. Por otro lado, Afrodita Pandemos: es el deseo que habita en todos los seres y que adopta múltiples formas, el impulso animal, que nace de nuestro yo profundo, que todo lo inunda y que se mezcla con todo, es el amor en todas sus formas y dimensiones.

Sea donde sea que miremos a la Diosa del Amor, vemos una relación muy estrecha con el mar. Y lo cierto es que posiblemente el agua y el mar ofrezcan la mejor serie de símbolos para describir esta esfera. Como ya hemos comentado, no sólo se trata del amor sino más bien de cualquier clase de emoción o sentimiento. Y quizá la característica más destacable de las emociones humanas es su habilidad para ser trasmitidas. La empatía es un medio de comunicación, un lenguaje que no se habla y que puede ser empleado por diferentes especies sin la necesidad de haberlo aprendido con el intelecto de Mercurio: para los animales que carecemos de mente de colmena como la que poseen los insectos, las emociones y su capacidad para reconocerlas, la empatía, puede equipararse al proceso de sinapsis neuronal entre los individuos de ese grupo animal. Hablamos también, por lo tanto, de instintos: amor, emociones y un profundo nivel de trasmisión y comunicación. El mar en el mundo antiguo fue el mayor medio de transmisión de conocimientos, ninguna ciudad florecía más que aquellas que poseían un puerto, la propia biblioteca de Alejandría tenía un ‘fondo de las naves’ donde se depositaban todos los documentos que poseían los barcos que atracaban en sus puertos. El agua como medio, ríos y mares, en las sociedades antiguas era también una especie de sinapsis geográfica, un espacio por donde la comunicación entre culturas se aceleraba. Incluso hoy en día cuando algo se transmite hablamos de «flujos e influjos»: influir valor, la influencia de tal persona o el influjo lunar… Es decir, seguimos utilizando palabras relacionadas con el agua y los líquidos. Lo sólido es lo pesado, lo estático, lo obstinado, es aquello que se resiste a cambiar, el agua, sin embargo, fluye, es moldeable, cambia de forma y de temperatura mucho más rápido.

«Si pones agua en una copa, ésta se convertirá en la copa, si la pones en una botella se convertirá en la botella, si la pones en una tetera se convertirá en la tetera. El agua puede fluir, pero también puede destruir. Sé cómo el agua, amigo mío.»
Bruce Lee en una entrevista a Pierre Berton (1971).


Esta habilidad del agua no solamente fue observada por los antiguos pueblos del Mediterráneo. Esta conocidísima cita de Bruce Lee es un conocimiento que en el lejano oriente ya comentaba Lao Tsé, contemporáneo de Platón en Grecia o Buda en la India, en su obra Tao Te King, quien describió al agua como «lo más suave y sumiso, pero que, sin embargo, nadie le gana en destruir lo firme y lo duro», allá por el año de la polka la sexta centuria a. C.

Lao Tsé, nos invita a instruirnos en todos los conocimientos y artes que podamos, pero no posicionarnos en ninguna parte, no dejarnos influenciar, mantenernos al margen: ser como el agua y no como la roca que es constantemente arremetida por su oleaje, no apegarnos a nada para que nada pueda dominarnos, no amar de forma individual si no amar al conjunto. Aquí, en las lejanas tierras de la China ancestral vemos de nuevo la idea de desprendernos y alejarnos de la individualidad y del egoísmo.

En resumen, NETZACH, es el último estadio de la fuerza dinámica que en Urano se manifiesta como absoluta, en Zeus como refinada y en Afrodita como múltiple e infinita. Es el amor en todas sus variantes, es el impulso instintivo, es el sentimiento y las emociones, es la comunión y la comunicación, la pluralidad y la diversidad, el desprendimiento del ego y la individualidad, es «la fusión con el todo». Es el Mar.

El desafío de esta esfera es dominar nuestras emociones y desarrollarlas. Y si, para lograr esto, el lejano oriente con Lao Tsé desarrolló toda una filosofía alrededor del concepto de «actuar sin hacer nada (Wu Chi)», el pueblo hebreo, y el cristianismo que bebe de él, intentará suprimir las emociones, especialmente las eróticas y sexuales, para dominarlas. Creo que es la propia Fortune la que dice, precisamente en esta obra, «no se puede sublimar una contradicción». Controlar un impulso como el sexual o el amoroso reprimiéndolo es contradictorio a su propia naturaleza. Nuestro cristianismo más asceta no trata de ser como la roca ni de ser como el agua: trata de secar el arroyo. Pero a veces el arroyo es un Iguazú.

Hefesto, conocido en er barrio por los romanos como Vulcano, era el hijo que Hera había concebido ella sola, celosa de que su marido Zeus hubiera hecho lo propio con la belicosa Atenea. Sin embargo, aunque la protectora de la metrópoli griega nació profundamente hermosa y llena de gracia, el pobre de Hefesto nació siendo más feo que, según fuentes clásicas, un frigorífico por detrás. Tanto era así que su madre horrorizada (y de gatillo fácil) lo arrojó Olimpo abajo. Por lo que el dios, que no podía morir, quedó cojo y aún más contrahecho de lo que ya era de nacimiento.

Vulcano era el dios de la fragua y la forja, del trabajo duro y obstinado, del sudor y del esfuerzo, de la tenacidad y del ingenio para crear objetos y herramientas fabulosas.

Su venganza para con su madre por arrojarlo por el Olimpo estaría basada en su ingenio y su habilidad con la forja: diseñó un trono de oro en el cual Hera quedó atrapada en cuanto se sentó en él. Para liberarla, Hefesto pidió como rescate a la hermosa Afrodita. Y dado que ningún dios pudo superar la habilidad de Hefesto y liberar a la reina del Olimpo, tuvieron que ceder a sus peticiones.

Pero como hemos dicho, el amor es una emoción que no se puede someter sino más bien seducir, y las aptitudes vulcanianas, aunque eran dones notablemente útiles, no eran muy... seductoras. Decir que trabajas en una fragua para ligar y que te funcione es tener verdaderamente una flor en el culo.

Pero el matrimonio se celebró, y allí donde reinan los matrimonios concertados se desata la infidelidad. A Afrodita le interesaban más otro tipo de hombres o, mejor dicho, machos. Tal vez porque no estaba sometida a la necesidad de los mortales, o porque era rica (bueno, su hermano era rey), a nuestra diosa no le importaba ni el oficio ni el beneficio, ella sólo quería un macho ibérico, o tracio, qué más da mientras la empotrara salvajemente fuera macho. Y es que, que a la chica guapa le guste el malote de la clase parece ser literalmente un clásico.

De modo que, pese a los votos dados a Hefesto, Afrodita siguió viéndose con su amante hasta que, una de las veces, el alba los pilló a los dos haciendo manitas todavía en el lecho. Y Helios, cual vieja del visillo, acudió a Hefesto con el cuento.

Nuevamente, como hizo con Hera, tejió una trampa para capturar a la pareja de infieles. Fingiendo que se retiraba a una isla a descansar, tejió una red finísima como la tela de una araña, pero resistente como mil yunques. Cuando Afrodita yació de nuevo con el dios tracio la red cayó y los capturó. Hefesto en seguida corrió a avisar a todos los dioses olímpicos para que fueran testigos de la indecorosa actitud de su esposa y hacer que el romance se convirtiera en escarnio público.

Cuentan que Apolo, tocando disimuladamente con el codo a Hermes, le preguntó: «¿No te gustaría estar en el lugar de Ares, a pesar de la red?» Hermes, que no era tan moderado, juró por su cabeza que le gustaría «aunque hubiera tres veces más redes y todas las diosas le mirasen con desaprobación.» Ambos dioses rieron ruidosamente. Y por eso a Hermes se le llamó trismegisto.

Esta graciosa anécdota no está sólo para hacernos reír. Esta postura sincera, desenfadada y, sobre todo, abierta frente al tabú que suponía (y supone) la promiscuidad femenina y opuesta a la actitud de Vulcano que trataba de buscar la desaprobación y la condena social del acto amoroso, es el tipo de actitud que la Diosa agradece. Posteriormente Afrodita yacería una noche con Hermes, naciendo de esta unión un hije: Hermafrodita (o Hermafrodito), el primer ser de género fluido. El amor recompensa a aquellos que son abiertos con él porque, a fin de cuentas, la enseñanza de esta esfera es que nunca somos seres totalmente independientes, sino que siempre pertenecemos a algo mucho más grande y que, en la mayoría de ocasiones, un sentimiento negativo solo es la faz visible de un espejo que refleja un trauma interior, una emoción, un deseo reprimido. Por el contrario, castiga a aquellos que utilizan la fuerza o las leyes (en este caso el matrimonio) para someterlo. El amor se revela como una fuerza indómita, un indomable impulso, pero a la vez amable y recompensador para aquellas personas que tienden la mano en lugar de quedarse señalando con el dedo, que no juzgan el amor, ni ninguna de sus variantes como el erotismo o el sexo, como un acto o sentimiento indecoroso e impúdico. Se da porque se quiera dar, no porque se fuerce.

La sociedad hebrea al igual que el puritanismo inglés son Hefesto en esta historia. ¿Cómo no iban a hablarnos mal de las virtudes venusianas? Al fin y al cabo, tampoco creo que decir que eres rabino le haya servido a nadie para mojar unas bragas ligar.

«Vuela al viento espuma del mar, Vuela al viento y vuélvelo a volar. Mezcla el mundo, ruge mistral, Mezcla el mundo y mézclanos con el mar.»
Cuando el mar te tenga, El Último de la Fila (1990).




HOD: UN LENGUAJE HERMÉTICO.

El significado de esta esfera y el del dios Hermes son tan semejantes que resulta infantil explicarlas y demasiado simplista limitarse a enumerarlas sin más. Así que, para seguir destripando los mitos, sigámosle dando vueltas a la tuerca, hasta embotarla.

Hablemos del Can Cerbero. Porque sí. Siempre me ha llamado poderosamente la atención que el inframundo tenga un guardián, es decir, lo que hay tras las puertas del infierno es… el propio infierno. Alguien instala una alarma cuando abre una tienda de Rolex no cuando pone una funeraria. ¿Por qué entonces el pitbull? ¿Qué escondes Hades?

La historia de Cerbero es, también en parte, la historia de Hermes, varias veces sortea la vigilancia del can. Ayudó a Hércules a secuestrarlo, lo durmió con agua del río Leteo y ayudó a varios héroes a esquivar su guardia. Todo el mundo sabe (bueno más o menos) que cuando Zeus vio las cualidades de su hijo lo nombró su heraldo, por eso fue latinizado como Angelus Iovis, pero también Hades lo convirtió en su propio heraldo, por ello, el dios alado es también el psicopompo en el mapa místico de la hélade.

Muchas veces se dice que Hermes es el dios del engaño y la mentira, pero esto rara vez se comprende. Con tan solo cuatro días de vida, Hermes se escapó de su cuna y robó los bueyes de Apolo. Para engañarlos a todos y no ser descubierto, simuló huellas humanas usando una bota. Un anciano llamado Bato, que andaba por el campo, lo vio y Hermes le dio uno de los bueyes a cambio de que le guardara el secreto. Sin embargo, gracias a las dotes oraculares de Apolo, Hermes fue descubierto. Para apaciguar al dios délfico, le entregó una lira que él mismo había fabricado con el caparazón de una tortuga y Apolo quedó tan maravillado con la música de aquel instrumento que le dio a cambio el caduceo alado.

Tras este incidente, Zeus le dio una reprimenda a su joven hijo y le hizo jurar que jamás volvería a mentir. Hermes aceptó las palabras de su padre, «sin embargo», contestó, «no siempre diré toda la verdad.»

No es la mentira, el símbolo de Hermes, que es una falsedad burda, un embuste, sino más bien, un engaño. Porque el engaño requiere usar la inteligencia y requiere superar a la inteligencia de tu rival. Es el engaño y no la mentira lo que se usa, por ejemplo, en el ajedrez para superar a tu adversario: Hermes es el ladrón de guante blanco, no el alunicero politoxicómano de Equipo de Investigación.

Una imagen mercurial nunca se revela como una mentira, sino como una verdad a medias que necesita del intelecto para ser completada. Es el símbolo del enigma y el acertijo, donde se da una parte y se oculta la otra: se arrastra y nunca se ensucia, escala y no se cansa jamás, con el Sol se marcha pero con la Luna va. Para que sea resuelto, es el propio genio de quién afronta la tarea de revelarlo quién debe germinar la imagen para que ésta desvele el significado que esconde. Dependerá, pues, de la naturaleza de quién se enfrente al misterio, puesto que éste sólo se revelará ante aquellos que sean merecedores: hablando en términos de la esfera anterior, no basta con tener la afinidad de Venus ni únicamente el símbolo de Mercurio por separado, pues por si solos son estériles, decía Dione. Por esta razón, hay mensajes que nunca se revelan abiertamente, no serían entendidos pues necesitan ser también experimentados. Se deben unificar en el interior de la mente de la persona que intente revelarlo, necesita hacerse uno con ella, no es la llave que se usa y se guarda, es el símbolo que se fusiona con su portador y se hace uno con él. La llave (clave) de un misterio germina, de una parte, de la imagen ofrecida y, de otra, de la persona que trata de resolverlo y se nutre de esta manera del propio intelecto de ella, como la simiente dentro de la tierra que ha sido debidamente abonada. Son las dos serpientes que se entrelazan en el cayado y culminan en las alas del espíritu, que ascienden hasta los dominios del Zeus briático. Cuando el misterio se desnuda en la mente, ya no necesita los ropajes de los símbolos, se vuelve axioma, ligero y libre de las ataduras de la mente lógica: mercurio puro.

Así la verdad nunca es la misma para dos personas, y nunca será absoluta, pues siempre va a requerir de la perspectiva de quien la contempla y de la experiencia vital que acompañe a la resolución del misterio.

Cerbero aparece en el último trabajo de Hércules. Los Doce Trabajos, se asocian también a las doce constelaciones del tránsito solar. El último trabajo pues, es piscis. Por eso no es extraño que sea aquí donde Heracles descienda al inframundo ayudado de Hermes y Atenea. Recordemos que una de las entradas al Hades era a través del punto más occidental al otro lado del Océano, por donde el sol descendía. Por lo tanto, hay dos elementos en esta entrada al submundo: un elemento astral y otro acuático. El sol en su tránsito por la eclíptica atraviesa la cola estelar por dónde están atados los peces, quedando uno en la superficie y otro bajo el agua: esas tres estrellas que forman las colas atadas son la puerta que atraviesa el sol cada día que muere. Y esas tres estrellas simbolizan en parte las tres cabezas de Cerbero. Y esas tres estrellas son las letras «shin», «qof» y «tau». Bueno, esto último me lo estoy sacando de la manga. Pero lo cierto es que, estos tres senderos están consagrados a la muerte y la noche: el primero, el que está bajo HOD, curiosamente a Plutón (Hades), el sendero 32 a Saturno y el derecho a la Luna, y lo cierto es que, también, si se hace transitar al sol alrededor del Árbol de la Vida (recordemos que la rueda zodiacal aparecía rodeando al dios Fanes), éste se hundirá en la tierra (MALKUT) por el sendero situado bajo la esfera de Hermes: «shin», o el sendero 29, las fauces (dientes) del Hades. Incluso en la carta del tarot de La Luna se puede ver, al fondo, las columnas de Hércules y al Sol y a La luna entre ellas con el Océano más allá. Si Hermes es, como dijimos, Heraldo de Hades, es lógico que entre ambos se encuentre Cerbero, el guardián del umbral que da acceso a su reino. Las tres cabezas (o las fauces) del Perro son visibles tanto en la letra «shin» «ש» como en su contraparte griega sigma «Σ». Sí, esto también me lo estoy inventando.

El simbolismo de estos tres senderos con la muerte es inevitable. Echando un vistazo a su significado: son los dientes, la cruz y la cabeza. Cerbero es hijo de Tifón y Equidna que, recordemos, eran hijos ambos de Gea, es decir, una raza de gigantes con cuerpos de reptiles, pertenecientes a un género de entidades ctónicas y acuáticas, por eso su cola es la cola de un dragón. O un largo grande, vaya.

Cuando apareció Tifón, al que en esta esfera Fortune llama ahora «la Gran Serpiente» y asegura que se elevó hasta DAATH y que tiene siete cabezas (probablemente una referencia a la constelación Draco que se compone de 7 estrellas o tal vez a las siete esferas que hay hasta llegar al Abismo, quién sabe), comentamos que todos los dioses salieron huyendo y se convirtieron en animales para no ser descubiertos. De todos ellos, Afrodita, que acabamos de describir en su esfera, y Eros, el Amor, que siempre la acompaña, se convirtieron en peces y huyeron al fondo del mar. Con el propósito de no extraviar a su hijo, la Diosa de la Belleza, ató sus colas y así permanecieron unidos en su exilio. No hace falta comentar otra vez que el mar y la unión son emblemas de Afrodita, pero sí que el pez y la cruz fueron sus símbolos más representativos, que posteriormente serían tomados por los cristianos quienes falsearían su origen. El pez ya ha sido comentado, los ídolos cruciformes fueron empleados desde el periodo calcolítico en la isla de Chipre de donde es originario el culto a Afrodita. El símbolo de Venus «♀» no es un espejo de mano, es la derivación o simplificación del ídolo de Pomos: que representa formalmente a una persona con los brazos extendidos, pero que, metafóricamente es un chocho y un pito una vulva y un falo enlazados: la unión, el amor, la fertilidad... Es la espada y el cáliz. La cruz decoraría posteriormente los templos de Astarté, diosa de origen ¿cananeo? cuyo simbolismo se fusionó en un tiempo con el griego: Astarté, Ishtar, Ester o Astaroth, en definitiva, La Estrella, fue entonces la cruz.

En el Apocalipsis tifoniano, el gran horror ctónico en un principio vence a Zeus y, como no lo puede matar por ser inmortal, le arranca sus ligamentos y lo arroja a una cueva donde queda tumbado como un harapo sin poder moverse. Es entonces cuando aparece Hermes quien esquiva a la abominable Serpiente gracias a la velocidad de sus zapatillas aladas (unas nike) y le vuelve a colocar las ligaduras a su padre para que vuelva a enfrentarse y, esta vez sí, vencer a esta bestia del Abismos. Se está narrando también el mito solar de muerte y renacimiento, del transcurrir de las estaciones y de la regeneración de la vida, no esta vez desde una perspectiva terrestre representado por las diosas de la naturaleza, sino más bien desde el punto de vista místico de los cultos solares.

Mientras tanto, el anciano Bato seguía pululando por el campo. Después de que ocurriera todo esto, Hermes fue a visitarlo disfrazado y le preguntó si había visto a un niño pasar con una manada de bueyes. Bato dijo que no recordaba nada semejante, pero, tras entregarle Hermes disfrazado una bolsa de oro, el anciano recuperó la memoria y empezó a largar. Hermes decidió entonces castigar al anciano convirtiéndolo en piedra para que no pudiera volver a revelar un secreto, y desde entonces a los que se van de la lengua se les conoce con el nombre de «chibatos». Bueno vale, esto también me lo acabo de inventar.

Cuando el paganismo murió, Hermes volvió a sortear la vigilancia de Cerbero y se coló en los aposentos del papa Alejandro VI (1495). Parece que, pese a todo, nunca perdió su sentido del humor.




YESOD: EL ARCO DE PLATA.

Este es tal vez el capítulo más pobre de la obra. Aquí Fortune poco más que narra algunos efectos como el del ectoplasma y el influjo lunar en la naturaleza desde el punto de vista de la ciencia de su época, seguramente muy influenciada por la popularidad del mediumnismo del siglo XIX, pero olvidado ya en su mayor parte en nuestros días. De modo que divaga poco en una esfera que, a mí personalmente y desde mi más profundísimo analfabetismo cabalístico me parece simplemente maravillosa. Así que ignoraremos el pasotismo de la señorita Fortune y vamos a continuar comentando, en este caso, los mitos lunares.

«¡Estáis frescos! Pues ahora pienso montar mi propio parque de atracciones. Con casinos ¡Y furcias! Es más, paso del parque.»
Bender en Futurama, T1E2 (1999).

Cuentan que Ártemis cuando era tan sólo una niña de tres años, se sentó en las rodillas de su padre, el dios Zeus, y éste, a lo Juan y Medio, le preguntó qué cosas le gustaría tener, a lo que la joven olímpica replicó: «la virginidad eterna, que me des tantos nombres como a mi hermano Apolo, un arco y flechas como los suyos, el cargo de llevar la Luz, una túnica de caza azafranada con borde rojo que me llegue hasta las rodillas, sesenta jóvenes ninfas oceánicas, todas de la misma edad, como damas de honor, veinte ninfas fluviales de Amnisos en Creta para que cuiden de mis borceguíes y alimenten a mis sabuesos cuando no salga de cacería, todas las montañas del mundo y, finalmente, cualquier ciudad que quiera elegir para mí, pero bastará sólo con una, porque me propongo vivir en las montañas la mayor parte del tiempo. Por desgracia, las parturientas me invocarán con frecuencia, pues mi madre Leto me tuvo y me dio a luz sin dolores, y las Parcas me han hecho, por lo tanto, patrona del parto.»

Y este relato se considera como el primer «dime que eres rica sin decir que eres rica» de la Historia. Pero nos viene muy bien para ilustrar algunos de los dones de esta diosa lunar. A parte de todo esto, Zeus la hizo protectora de los caminos y los puertos, le siguieron como séquito numerosas ninfas de nueve años y los cíclopes Brontes, Arges y Estéropes pararon la fragua de Vulcano para fabricarle un Arco de Plata.

Pero ésta, era solamente una fase lunar: la luna creciente, salvaje, joven, indómita, con sus sabuesos blancos y con su arco de plata. La siguiente fase, la luna llena era la fecunda Afrodita, la mujer fértil, y la tercera, la anciana Hécate, la luna que anuncia la muerte y que abre las puertas hacia el inframundo. Esta es solamente una de las innumerables triadas que se utilizan para representar los mitos lunares, pero quizás la que más estuvo extendida.

Hécate, a pesar de no ser Olímpica, aparece en numerosas ocasiones en las vicisitudes del resto de deidades: luchó en la Titanomaquia contra horrible Cutio a quien prendió fuego con sus antorchas, acompañó a Deméter en la búsqueda de Core y juró cuidar y proteger a la joven Reina del Inframundo durante el periodo en el que ésta debía permanecer en las tierras de los muertos. A veces se dice que tiene cuerpo de serpiente, otras que posee tres cabezas: león, perro y yegua, como la antigua división de los años. Se cuenta también que el propio Zeus la honra tanto que nunca le niega su antigua facultad de conceder o negar a los mortales cualquier don que deseen, que las brujas de Tesalia le rendían culto y que en sus rituales cubrían sus rostros de blanco yesod, perdón, yeso. Ella es la señora del perro Cerbero que tenía cincuenta cabezas, como la jauría espectral que destruyó a Acteón, pero después solamente tres como su dueña, sus compañeras eran las Erinias (o furias), espectros de la venganza que arrastraban a la muerte a quienes violaban los juramentos, los gigantes Efialtes y Oto, el «incubo» y el chófer heavy de los Simpsons la «pesadilla orgiástica» que ahoga y violenta a las mujeres dormidas, eran sus nietos, y sus hijas las Empusas, demonios femeninos que adquirían forma de perras o asnos pero también de hermosas doncellas, ávidamente seductoras, que buscaban la compañía de incautos varones para que yacieran con ellas y así poder absorberles sus fuerzas vitales. Y así podríamos seguir hasta la eternidad. Pero, en conclusión, el sincretismo grecorromano recogió en Ártemis los diferentes cultos lunares: el de las diosas salvajes, el de las diosas de la fecundidad y el de las diosas de la muerte en un triple símbolo.

Dione asegura que el significado de YESOD es «el fundamento», pero, ¿y qué significa eso? La definición que el diccionario nos viene a dar es el de argumento sobre el que se sostiene una teoría o lo que da comienzo a alguna cosa. También se refiere coma la tierra que sirve de base o sostén de algo: lati-fundio (extensión de tierra), pro-fundo (el interior de la tierra). YESOD es la base que sostiene, los cimientos y el suelo sobre el que se levanta la creación.

Vale, eso está fenomenal, pero ¿qué es lo que se crea? Hemos de suponer que el propio Árbol. Fortune dice que el Árbol es un mapa para usar la mente. ¿Y qué es la mente? El universo, el mundo, el cosmos, los dioses, la conciencia... Al final todo confluye en la misma pregunta de siempre ¿Qué es la realidad?

No voy a dar ahora la solución en cinco minutos a esta incógnita (estaría guapo, pero he quedado para salir un rato) pero lo cierto es que la respuesta debería ser la misma que la que da solución a aquella pregunta que lleva haciéndose la filosofía y la ciencia desde que el hombre es hombre.

Podemos hablar de MALKUTH en términos del mundo que observamos, material, fenomenológico, nuestra realidad cotidiana, y podemos incluso divagar sobre él más allá de la materia y hablar sobre religión, mitos, metafísica, que si dualismo, que si monismo, que si la agüela fuma porros y que si el perro ya no ladra, porque normalmente son cosas que están tan más allá que, bueno, no nos afecta directamente. Pero es obvio que debe de haber un punto donde ambos se unan, y dónde nuestra realidad visible y palpable exija que ese otro mundo deje de ser tan etéreo y vaporoso y se concretice en preguntas y respuestas directas y tangibles. Porque todos sabemos muy bien qué es la materia, si nos preguntan echamos mano de cualquier cosa que tengamos delante, pero si le preguntas a un físico cuántico ¿Qué es la materia? Al final te acaba dando una respuesta casi filosófica, casi mística: es una «onda de probabilidades» tócate los cojones. La materia parece un concepto claro, diáfano, que no admite dudas, pero en cuanto intentas explicarlo, comprenderlo, asirlo, se desvanece como el humo entre los dedos, como un fantasma epistemológico.

¿Qué encontramos, entonces cuando ahondamos en la raíz de la materia, en el origen de la conciencia, en la base de la realidad, en el Fundamento? Encontramos un concepto difuso y sombrío: el límite incierto del mundo, un umbral brumoso, unas tierras liminares entre lo que es y lo que no es, entre lo manifestado y lo no manifestado, una frontera entre la luz y la oscuridad que parece no ser fija, que parece fluctuar como la superficie de un océano, o como un reflujo lunar y, tal vez, sólo tal vez, el antiguo ser humano le dio a este Umbral el símbolo de la luna, que a veces lo oscurece todo y otras veces lo muestra con su velo teñido blanco, o como el océano que cubre con su pleamar un mundo que luego deja al descubierto: otro suelo, otras rocas, otras arenas y otros animales, plantas y fantasmas. Siempre con un ritmo y una cadencia como si se tratase de un pulmón acuático, un pulso lunar en el vientre de la noche.

«Volé con alas en la espalda y al mirar el extraordinario paisaje que, desde las alturas se extendía bajo mis pies, pensé: me cago en mi puta vida, no puede ser que todo esto me lo esté imaginando ahora mismo.»
Entrada del diario de sueños del 28-4-20.





MALKHUT: EL HOGAR.

MALKHUT es la tierra, pero no es la tierra antigua y salvaje que vimos en Gea, la Gran Madre que en sus entrañas había engendrado las grandes abominaciones serpentinas que asaltaron el Olimpo, tampoco es la tierra de los cultivos del centeno y la vid de Deméter, que florece trayendo consigo la vida cada vez que se reúne con su hija Core en los atrios olímpicos. MALKHUT significa literalmente «el reino» y el reino es la tierra de los seres humanos, el mundo civilizado, la tierra construida por nuestra raza, MALKHUT es, por lo tanto, la diosa Hestia. Si comparamos, como hemos estado haciendo hasta ahora, el dodecateón con las diez esferas del Árbol, es inevitable que haya deidades que no estén representadas y, entre estas, es comprensible ver que la esfera de Deméter sea una de las que falten dado que el pueblo hebreo nunca fue agrícola. Tampoco encontramos, por ejemplo, la esfera de Hefestos, ya que tampoco fue un pueblo industrial, por no hablar de Atenea que siendo mujer y guerrera haría estallar la cabeza de más de uno, y no me estoy refiriendo exclusivamente a los tiempos pasados... El pueblo hebreo en sus orígenes se dedicó casi exclusivamente al pastoreo y, posteriormente, florecieron como comerciantes y banqueros.

Hestia, cómo esta esfera, se dice que es la primera y la última de los dioses crónidas porque fue a la primera que engulló su padre y la última en ser vomitada. Es virgen igual que Ártemis, pues tampoco posee un par opuesto. En todos los ritos la primera víctima sacrificada se hacía en honor a la Diosa.

Si habíamos definido a YESOD como fundamento de la realidad, como el principio de la conciencia, el último eslabón antes de que las fuerzas de las esferas celestes se cristalizaran en la materia densa, entonces ahora MALKHUT es la conciencia ordinaria, el sentido común, la mente cabal, el sentido cuerdo y sobrio de nuestro entendimiento cotidiano al que la consciencia que asciende a través del árbol tiene que volver para no acabar enloquecida y extraviada en las ramas, son los pies en la tierra. Y, al igual que la tierra de esta esfera no es una tierra salvaje sino el reino artificial y seguro construido por los hombres, la mente no es una mente salvaje, sino la mente que construye el ser humano: sus creencias, sus leyes, su política, sus religiones, en definitiva: su realidad consensuada, el constructo que sirve para «bajar a tierra» la experiencia iniciática (utilizando las palabras de Yemeth en HdO 005). Si el rayo zigzagueante del Zeus en Atlziluth, que devoró a Fanes, acaba en MALKHUT y sus hijos los semidioses (que quizá se refiera a cualquier mortal con el temperamento suficiente) representan la ascensión a través de las esferas que comienza precisamente en la última de éstas, se entiende entonces la razón por la que a Hestia se dirigían las primeras de las plegarias y los primeros de los sacrificios. Fuera cual fuera el templo de la divinidad a la que se dedicasen los oficios, existía un altar a la Diosa para rendirle su correspondiente homenaje, siempre el primero de ellos. Porque Hestia es Penélope descosiendo cada noche lo que tela por el día, salvaguardando el reino de Ítaca de otros pretendientes, a la espera de que Ulises regrese a sentarse en su trono. Odiseo supera numerosas adversidades: a las sirenas en la isla de Helios, a la ninfa Calipso, a la hechicera Circe, el descenso al Hades... antes de volver a su hogar. Penélope es Hera, que férreamente se resiste a desistir su matrimonio, y cuando Ulises se marcha entonces es Hestia, pura y casta como una virgen, evitando que otro rey usurpe su reino. Y así MALKHUT se sienta en el trono de BINAH. Hestia se revela como la mente, el hogar de la conciencia que representa Ulises.

«Ese es mi sitio. En este mundo siempre cambiante es el único punto de referencia. Si mi vida se expresara como una función en un sistema tetradimensional de coordenadas cartesianas ese sitio en el momento que yo lo encontré sería el 0,0,0,0.»
Sheldon Coorper en The Big Bang Theory.


En el posterior desarrollo de Fortune, describe a MALKHUT como aquello que existe en función de la combinación de los cuatro elementos. Para ella, bueno y para muchos antes que ella obviamente, el mundo se compone de estas cuatro sustancias. El primero que la describió fue Tales, sin embargo, el sistema más conocido y usado fue el que propuso Empédocles que constaba, como todos sabemos, de cuatro: fuego, aire, tierra y agua. Es curioso que el término que usaron los peatones del Peloponeso para dirigirse a estos elementos fue la palabra «ἀρχή» (arjé) cuyo significado se traduce como «principio» pero también como «reino»: Διὸς ἀρχά, el reino de Zeus (en Píndaro); τῆσδ' ἔχων χθονὸς ἀρχήν, poseyendo la soberanía de estas tierras (en Sófocles).

Por otra parte, se dice que el animal asignado a esta esfera es la esfinge por ser un animal que «está compuesto de cuatro animales que simbolizan los cuatro elementos». Aunque esto lo encuentro un poco confuso, el animal al que esta descripción hace referencia es la Quimera, que es un híbrido de cabra, león y serpiente (y a la que más tarde se le añadirían alas), animales que ya vimos en Fanes simbolizando las cuatro estaciones y, por lo tanto, el mundo, sus elementos y unas de mis pizzas favoritas. La esfinge, sin embargo, aunque era muy parecida (era una hija de la otra) tenía otras características e hibridaciones. Así, según Apolodoro, la esfinge poseía «alas de pájaro, cola de dragón, cuerpo de perro, patas de león y, por si eso no fuera suficientemente horrible, el rostro de mi exnovia». Y luego estaban las esfinges egipcias que tenían solamente cuerpo de león y rostro de hombre.

Como si de un viaje que hubiéramos realizado se tratara, por fin estamos en casa, a salvo de serpientes gigantes, demonios de tiempos remotos y dioses vengadores: es hora de descalzarnos los zapatos, ponernos cómodos y sentarnos en el sofá a reflexionar sobre todo lo que nos ha pasado mientras termina de hacerse el café.


«Fueron los dioses quienes -en sueños- me explicaron cuál era la gran tragedia humana: desde muy antiguo, el hombre ha buscado la Verdad. Algunos subieron hasta los más altos picos de la Tierra. Pero allí no había rastro de tan preciado tesoro. Otros creyeron encontrarla en el Poder. Pero sólo provocaron duelo y desolación. Hubo quien subió a los púlpitos y, con una cruz en la mano, pretendió poseer la Verdad. Pero los templos se fueron quedando vacíos. Allí poco brillaba la solución para los problemas humanos. Para muchos hombres, la Verdad parecía reclamarles desde el dinero. E hicieron grandes fortunas. Pero aquéllos, precisamente, fueron los más desgraciados. Por último, grandes masas humanas -desorientadas y sin esperanza- se dejaron arrastrar por la voluntad y el egoísmo de unos pocos. En lugar de la Verdad hallaron esclavitud. Pregunté entonces a los dioses dónde habían escondido la Verdad. Y, ante mi sorpresa, señalaron hacia mi corazón.»
J.J. Benítez, Sueños (1992).